top of page

Los Forrester que Dios pone en nuestra vida

  • hace 1 hora
  • 4 min de lectura

"No todo mentor lleva sotana. Algunos llevan una libreta, una taza de café... o simplemente el don de creer en ti cuando tú todavía no puedes hacerlo."


Hay películas que uno recuerda porque fueron entretenidas.


Y hay otras que permanecen en la memoria porque, sin saberlo, estaban contando una parte de nuestra propia historia.


Una de ellas, para mí, es Descubriendo a Forrester.



La vi siendo apenas un adolescente.


No recuerdo exactamente cuántos años tenía, pero sí recuerdo la sensación que me dejó. En aquel entonces pensé que era una gran película sobre un joven talentoso y un escritor brillante.


Nada más.


Hace unos días decidí volver a verla.


Y comprendí que nunca trató sobre literatura.


Trató sobre el misterio de los encuentros.


Sobre esas personas que aparecen en el momento justo para ayudarnos a descubrir quiénes realmente somos.


Porque eso es exactamente lo que sucede con Jamal y William Forrester.


Uno posee el talento.


El otro posee la experiencia.


Uno tiene preguntas.


El otro carga heridas.


Y, sin embargo, ambos terminan salvándose mutuamente.


Mientras veía nuevamente la película, no podía evitar pensar que Dios ha escrito mi vida de una manera muy parecida.


Durante varios años tuve la gracia de trabajar muy de cerca con una persona llamada Javier.


No escribiré mucho sobre él porque, curiosamente, una de las cosas que más admiré fue precisamente su forma de vivir lejos de los reflectores.


Y quizás esa sea una de las características más hermosas de los verdaderos maestros.


No necesitan reconocimiento.


No necesitan aplausos.


No necesitan que el mundo sepa todo lo que hicieron por alguien.


Simplemente siembran.


En aquella etapa de mi vida yo todavía cargaba muchas máscaras.


Quería demostrar cosas.


Tenía heridas que ni siquiera sabía nombrar.


Confundía seguridad con orgullo y éxito con identidad.


Y, sin darme cuenta, aquel espacio de trabajo se convirtió también en una escuela para el corazón.


No recuerdo grandes discursos.


No hubo sermones.


No hubo largas conversaciones sobre Dios.


Pero había algo poderoso.


Había ejemplo.


Había coherencia.


Había correcciones que, aunque a veces dolían, terminaban formando carácter.


Había conversaciones que me obligaban a pensar.


Había silencios que también enseñaban.


Con el paso de los años entendí algo que entonces no podía ver.


Dios también habla desde una oficina.


Habla a través de una conversación después de una reunión.


Habla mediante una corrección hecha con respeto.


Habla por medio de alguien que decide invertir tiempo en formar a otro.


Muchas veces esperamos encontrar a Dios únicamente dentro de una iglesia.


Pero el Evangelio nos muestra otra realidad.


Jesús formó discípulos caminando.


Comiendo con ellos.


Trabajando con ellos.


Corrigiéndolos.


Escuchándolos.


La formación siempre fue profundamente humana.


Y precisamente por eso era profundamente divina.


Con el tiempo comprendí que Javier nunca intentó crear una copia de sí mismo.


Me ayudó, sin proponérselo, a descubrir una mejor versión de mí.


Y eso hacen los verdaderos mentores.


No generan dependencia.


Generan libertad.


Me recordó mucho una frase de San Juan Bautista:

"Él ha de ir aumentando en importancia, y yo disminuyendo." (Juan 3,30)

Los mejores maestros saben desaparecer.


No buscan que los recuerden por ellos mismos.


Buscan que quien aprendió pueda caminar solo.


Eso hizo Forrester.


Eso hizo Juan Bautista.


Y creo que eso hacen muchas personas que Dios coloca silenciosamente en nuestro camino.


Hoy, mirando hacia atrás, descubro que Dios llevaba mucho tiempo escribiendo una historia que yo todavía no entendía.


Él ya sabía las personas que necesitaría conocer.


Los lugares donde tendría que aprender.


Las conversaciones que cambiarían mi forma de pensar.


Las heridas que tendría que sanar.


Y las máscaras que, poco a poco, irían cayendo.


Quizás esa sea una de las formas más discretas en que actúa Dios.


No siempre con milagros espectaculares.


Muchas veces mediante personas sencillas.


Personas que jamás imaginarán cuánto bien hicieron.


Mientras escribo estas líneas me hago una pregunta que también quiero dejarte a ti.


Todos soñamos con encontrar un Forrester en nuestra vida.


Pero casi nunca nos preguntamos...


¿Para quién me está llamando Dios a ser un Forrester?


Porque llega un momento en que dejamos de ser el joven que necesita un mentor.


Y comenzamos a convertirnos en la persona que tiene la responsabilidad de acompañar a otros.


Tal vez un hijo.


Un alumno.


Un compañero de trabajo.


Un amigo.


Alguien que hoy necesita una palabra de ánimo, una corrección hecha con amor o simplemente una persona que crea en él.


Quizás ahí comienza el verdadero discipulado.


No cuando acumulamos conocimientos.


Sino cuando decidimos convertir nuestra propia historia en un lugar donde otros también puedan descubrir a Dios.


Porque al final entendí que Descubriendo a Forrester nunca habló solamente de un escritor y un estudiante.


Habló de la forma en que Dios escribe nuestras vidas utilizando personas concretas.


Y, cuando miramos hacia atrás, descubrimos que aquellos encuentros que parecían casualidad... eran, en realidad, páginas de una historia que Él ya estaba escribiendo desde mucho antes.


Tal vez hoy sea un buen momento para agradecer por esas personas.


Y también para preguntarle a Dios, en silencio:


"Señor... ¿en la historia de quién quieres que yo sea ese mentor que apunta siempre hacia Ti?"

Comentarios


Sobre mi

08664C76-5FA3-4452-A661-44A531ACEDC4.jpeg

Emproista guatemalteco, inspirado a compartir el amor de Dios desde lo real, lo cotidiano y lo profundo. Creo firmemente que Dios sigue hablando hoy, y este rincón es una forma de escucharlo juntos, con el alma abierta y los pies sobre la tierra.

Dejé de hablar por necesidad y empecé a hablar con propósito.

#FeEnMovimiento

¡Síguenos en nuestras redes sociales!

  • Instagram
  • Tik Tok
  • Substack

bottom of page